2020, el año que volvimos al pueblo

pueblo

Parece que ya no nos acordamos de cómo era nuestra vida antes. Una vida llena de estrés, de trenes, de atascos, de horarios, de tener que planificar las salidas al parque para que los niños jugasen, repitiendo  una y otra vez la misma frase: ¡Qué ganas de mudarme a un pueblo!

Aunque volver al pueblo era uno de nuestros deseos más anhelados, en la práctica solo volvíamos un par de semanas en verano. Unas semanas en las que nuestra cabeza seguía pensando en todo lo que teníamos que hacer cuando volviésemos a la ciudad, a la rutina.

Sin embargo, el 2020 llegó con un freno y nos dejó un mensaje que a muchos les ha calado muy hondo: PARA. Después de varios meses confinados, muchos urbanitas se dieron cuenta de que la vida que llevaban en la ciudad no es la que siempre habían soñado, que sus hijos pueden tener más libertad en un pueblo y que lo bueno del teletrabajo es que mientras tengamos una buena conexión a Internet, da igual si la población desde la que trabajas tiene cinco, 50, 5000 o 5 millones de habitantes.

Así son muchas las familias que, tras el confinamiento, han buscado un pueblo para vivir y trabajar. Un regreso a la naturaleza que se traduce en tranquilidad, en calidad de vida y en unas relaciones más humanas.

Un cambio de vida necesario

Los otros beneficiados de esta historia son los pueblos que han visto cómo sus calles se llenan, como lo hicieron antaño, de juegos, de risas… de vida; Ven, cómo oficios que estaban a punto de morir son recuperados por la gente joven o que las casas que llevaban años vacías vuelven a calentarse con el calor de una familia. Por ejemplo, el municipio leridano de Gósol ha visto cómo en el último año su población ha aumentado un 20% gracias a todas estas personas que se mudan al pueblo para reconectar con la naturaleza y escapar del virus.

Gabriela Calvar cuenta a la cadena SER cómo pasó de ser azafata y de servir copas en un bar nocturno de Castelldefels a despachar comestibles y hacer fotocopias en este pueblo de Lérida. Cuando empezó la pandemia, sus vuelos por todas las capitales europeas se empezaron a cancelar, el bar cerró y su contrato del piso de alquiler en el que vivía con sus dos hijos estaba a punto de vencer. Entonces se le metió una idea en la cabeza: “Quiero una casa en un pueblo”.

Del madrileño Tetuán a un pueblo asturiano

Para muchas familias que han dado el paso definitivo a dejar sus pisos en la ciudad y mudarse a una vida rural, el coronavirus solo ha sido el empujón final para una decisión que ya rondaba en su cabeza desde hacía bastante tiempo. Este es el caso de Ana Moreno y Julio Albarrán que, tal y como cuentan a El País, llevaban ya tiempo con esta idea en la cabeza. Junto a sus hijos, Tomé y Carola dejaron el barrio madrileño de Tetuán y lo cambiaron por Arboleya, un pueblo asturiano de unos 30 vecinos.

En esta aldea, la pequeña Carola de tres años ha descubierto que le apasionan los tractores mientras que su hermano disfruta de una recién estrenada libertad porque, aunque en Madrid también jugaba, en Arboleya puede salir a jugar solo.

Ana es artista textil y Julio fotógrafo y, aunque llegaron a Asturias con dudas, por ahora no se arrepienten de su decisión. Y es que cambiar las vistas del barrio madrileño de Tetuán por unas vistas a los Picos de Europa, tiene difícil arrepentimiento. ¿Echan de menos algo de la capital? Entre risas, confiesan que “de vez en cuando una llamadita al Burger King”.

El pueblo como una segunda oportunidad

En el otro extremo encontramos a familias que encuentran en el pueblo una segunda oportunidad.  La COVID-19 no solo ha dejado en nuestro país unas dolorosas cifras de fallecidos, sino que también está dejando un rastro de desempleo y comercios cerrados del que costará mucho recuperarse. Muchas familias han perdido su casa por no poder afrontar los gastos y es aquí donde entra la Fundación Madrina y su proyecto ‘Pueblos Madrina’. A través de él, se realoja a familias vulnerables con menores en zonas despobladas.

Hasta ahora, este proyecto ha re-ubicado a 3 familias y 15 menores en zonas rurales. Durante este tiempo, se ha comprobado que los niños son más felices en el entorno rural, desaparece el estrés y mejoran las calificaciones escolares.