Viajar en el metro de Madrid potencia tu humanidad

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El Metro de Madrid se llena a diario de miles y miles de viajeros que cruzan la capital española a bordo de las grandes lombrices de acero que recorren su subsuelo. Gente que viene y va, con historias que se cruzan y que, en muchos casos, sorprenden por su humanidad.

En sus andenes y vagones se ven a diario actos de generosidad de viajeros que ofrecen pequeñas limosnas a vendedores, músicos y poetas que regalan su arte durante un breve trayecto, o a aquellos que sufren situaciones difíciles. También pequeños altercados con final feliz como el que recorría las redes este verano, sobre una mujer que recriminaba a una niña inmigrante haberse sentado al entrar en uno de los vagones del metro.

Acostumbrados al trasiego de turistas de multitud de nacionalidades, el resto de viajeros no dudaron en reaccionar ante las palabras que esgrimía la mujer. “Es usted una racista y una maleducada”, comentaba una joven al escucharla. Fueron los ciudadanos los que por propia voluntad defendieron la libertad de la muchacha para asegurarle un viaje con un mejor sabor de boca.

Ésta es solo una muestra de la humanidad y la solidaridad de las personas, que ha sido tildada en la prensa nacional y en las redes sociales como un ejemplo.

RELATO DEL METRO DE MADRID

Pero hay otros relatos que llegan al alma, desde el principio hasta el final, protagonizados por gente de multitud de nacionalidades, incluso generaciones enteras provenientes de otros países que se han adaptado a la vida de la ciudad o los numerosos turistas que recorren sus calles a diario alabando sus monumentos, su gastronomía y sus gentes.

él estuvo así, se drogó; Pero ahora tiene trabajo y,  con ayuda de otros, “algunos días ya no duerme en la calle”

Uno es el caso que Lucas Sánchez contaba a través de Twitter, una de las historias más emotivas leídas hasta ahora. “Acabo de vivir uno de los momentos más bonitos e intensos de mis 17 años de vida madrileña en el Metro de Madrid”, comenzaba su relato.

El joven estaba viajando en el suburbano escuchando con sus cascos al grupo de música que acababa de ver en directo, cuando le sorprendió un acto de generosidad. Se quitó los auriculares para ver qué ocurría entre un toxicómano y un chico de nacionalidad marroquí. “Le abraza. Se sienta a su lado. Le da palmaditas de ánimo”, cuenta Sánchez. Fue entonces cuando, antes de llegar a su parada, el marroquí saca de la cartera diez euros y se los ofrece. Después de darle un abrazo, se va.

Atónito ante tal situación (¿quizás acostumbrado a vivir otros desenlaces?) y las lágrimas del joven marroquí, le dice tras pensarlo varias veces que “es lo más humano que he visto en 17 años viajando en metro”. Entonces, él decide contarle por qué lo ha hecho.

El marroquí le relata que él estuvo así, que se drogó, y que lleva veinte años en Madrid. Pero que actualmente tiene trabajo y que, con ayuda de otros, “algunos días ya no duerme en la calle”, explica Sánchez. Aunque cree que esos diez euros se los podrá gastar en drogas, también piensa que igual no. Y lo más importante: que alguien le tenía que ayudar.

Ante tal declaración, Sánchez saca un billete de veinte euros y se los entrega al marroquí tras insistirle varias veces.

 

 

El joven se queda pensando al bajarse del tren. Aturdido. Porque en muchas ocasiones el ser humano es capaz de sorprender con muestras impagables de generosidad, bondad y empatía.